Gracia López Anguita
Arabista
La Guerra de los Cien Años enfrentó e igualó, por encima de las diferencias sociales, a estos dos héroes de guerra.
El Príncipe Eduardo, hijo del rey inglés Eduardo III, nació en 1330; los primeros títulos que acaparó en su persona fueron los de conde de Chester, duque de Cornualles y príncipe de Gales. El hecho de que fuera conocido por el novelesco sobrenombre de Príncipe Negro -debido al color de su armadura- era normal en una época en la que la vida imitaba al arte. En el s. XIV, la antigua literatura caballeresca continuaba ofreciendo el modelo ideal de caballero: protección de los débiles, defensa de la rectitud, lealtad; aunque las nuevas órdenes tenían una función diferente. En 1344 Eduardo III decide restablecer la Tabla Redonda y cuatro años después se reúnen los primeros componentes de la Orden. Estos modernos caballeros forman un grupo de élite político-militar consagrada a la causa del rey, que, a su vez, es el jefe de la llamada Orden de la Jarretera. En el lado francés el rey Juan el Bueno crea, como contrapartida, la Orden de la Estrella que le garantiza la fidelidad de un verdadero ejército de quinientos hombres.
Las cualidades de perfecto hombre de armas del Príncipe Negro empiezan a ser patentes cuando cuenta dieciséis años de edad: en la batalla de Crécy (1346), el príncipe Eduardo dirige una división de guerreros del ejército inglés. La caballería y los ballesteros del bando francés son derrotados de forma aplastante por la infantería y los arqueros ingleses.
En 1355 el Príncipe Negro es enviado a Guyena y avanza implacablemente hasta tomar Burdeos, ciudad que será utilizada por los ingleses como base para arrasar el sur de Francia. Al año siguiente el príncipe está al frente del ejército inglés en la batalla de Poitiers, de la que de nuevo resulta victorioso y en la que toma como rehén al rey Juan el Bueno.
En 1360 se firma el tratado de paz de Bretigny que fue favorable a Inglaterra. El Príncipe Negro es nombrado entonces duque de Guyena y lugarteniente de Aquitania, los territorios franceses que habían sido caballo de batalla de ambas potencias desde hacía siglos y que constituían la causa remota del conflicto anglo-francés. La guerra queda temporalmente en suspenso.

En 1320 nace en Bretaña Bertrand Du Guesclin en el seno de una familia de la más baja nobleza. Ya siendo niño destacó por su rudeza e inclinación por la lucha y por el deseo, que siempre le acompañaría, de convertirse en caballero. A partir del s. XIII la caballería se perfila ya como un orden social, se es caballero porque se nace hijo de caballero. Era muy difícil acceder a ella a la antigua usanza, es decir, siendo armado por el rey; sin embargo el caso de Du Guesclin fue excepcional.
Bertrand Du Guesclin comenzó su andadura más como salteador de caminos que como guerrero. Se puso al frente de un grupo de labriegos aventureros armados con hachas bretonas y tomó partido en la guerra civil de Bretaña (1341-1364) por Carlos de Blois (apoyado por Francia) frente al conde de Montfort (apoyado por los ingleses). Al cabo de los años, su cuadrilla –a la que se habían unido arqueros y cazadores furtivos- se hizo temible.
La habilidad de Du Guesclin como estratega y guerrero lo hace famoso durante el asedio a Rennes. En 1357, mientras que el Príncipe Negro se dirigía a Burdeos, Bertrand Du Guesclin consigue levantar el sitio que sufre la ciudad de Rennes gracias a sus entrevistas con el duque de Lancaster. En virtud de esta hazaña logra ser nombrado caballero por Carlos de Blois, y en adelante su nómina de títulos no hace sino aumentar. Al fin logra ponerse al frente de un verdadero ejército.
En la batalla de Auray (1364) Du Guesclin es derrotado y hecho prisionero por los ingleses. El rey Carlos V de Francia paga el rescate a cambio -entre otras cosas- de que saque de su país a las “compañías”. Las “compañías” eran grupos de mercenarios desocupados (pertenecientes a distintos estamentos sociales y rangos militares), nobles privados de fortuna, ciudadanos sin oficio, campesinos sin tierra, que vivían del pillaje cometido por todo el territorio francés y que causaban más estragos a su paso que el enemigo inglés.

La influencia de la guerra anglo-francesa se extendía a otros países europeos. En ese momento Castilla se hallaba en una guerra interna, Enrique de Trastámara intentaba arrebatar el trono a Pedro I, el cual estaba aliado con Inglaterra. Francia vio en esta alianza una amenaza y decidió inmiscuirse a favor
de Enrique de Trastámara. Aprovecharon la oportunidad para librarse de las “compañías” y las enviaron a España con Du Guesclin a la cabeza, haciéndoles creer que su cometido era luchar contra los musulmanes de Granada. Los bandidos, que paradójicamente habían sido excomulgados por el Papa, pasaban ahora a convertirse en una suerte de cruzados -llegaron a coser cruces blancas en sus ropas- y empezaban a ser conocidos como “compañías blancas”. Como era de esperar, la armada anglo-gascona con el Príncipe Eduardo a la cabeza aparece en España para apoyar a su aliado Pedro I, y en 1367 se enfrenta en Nájera a las fuerzas de Enrique de Trastámara y Du Guesclin.
El Príncipe Negro consigue la victoria en la batalla y apresa a su rival francés, quien pronto será liberado por el rey de Francia. Sin embargo, el enfrentamiento definitivo que daría un vuelco a la monarquía castellana estaba por llegar. En 1369, en la batalla de Montiel, Enrique de Trastámara mata a Pedro I y pasa a ocupar su trono; los franceses pueden contar ya con el apoyo castellano.
Du Guesclin vuelve a Francia en 1370 con la firme determinación de expulsar a los ingleses y en ese año es nombrado Condestable.


En 1376 muere el Príncipe Negro e Inglaterra se ve debilitada al perder a su mayor jefe militar. Mientras tanto, Bertrand Du Guesclin usando el método que mejor domina, el de las guerrillas, va recuperando la mayor parte de los dominios ingleses en suelo francés. Muere de disentería en 1380 durante un asedio.
Eduardo el Príncipe Negro fue enterrado como correspondía a su jerarquía en la catedral de Canterbury; los restos de Bertrand Du Guesclin fueron sepultados como reconocimiento a su valía, en la Tumba de los Reyes de Francia en la basílica de St. Denis.
La guerra que les proporcionó un puesto de honor en la Historia, aún debía prolongarse hasta bien entrado el siglo XIV.